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viernes, 19 de diciembre de 2025

Discurso de Doris Moromisato durante la ceremonia de otorgamiento de Personalidad Meritoria de la Cultura

Foto: Asociación Peruano Japonesa / Jaime Takuma


Buenas noches a todos y todas.

Señor Ministro de Cultura, Alfredo Luna Briceño. Señor presidente de la Asociación Peruano Japonesa, Jorge Igei. Señora Agregada Cultural de la Embajada de Japón, Kanae Seino. Señora Presidenta de la Comisión de Cultura del Congreso de la República, Congresista Susel Paredes Piqué. SEÑORAS: Mie Arakaki Oshiro de la Asociación Okinawense del Perú, Rosa María Kohatsu de Fujinkai APJ y Hiromi Namisato de Arakaki de Fujinkai AOP. SEÑORES: Juan Shimabukuro Inami de Okinawa Shi Kioyukai del Perú, Andrés Miyasato Moromisato de la Asociación Aikokai Perú Gateball, Ricardo Muguerza Terrones de la Cámara Peruana del Libro, Willy Mateo Cisneros de la Feria del Libro Zona Huancayo -la FELIZH-, Benjamín Corzo del Festival de Historietas del Bicentenario. Escritoras y escritores, compañeras feministas, aliados y aliadas de Kimochi Gestión Cultural, profesionales del Ministerio de Cultura y la Asociación Peruano Japonesa, querida familia, amigas y amigos presentes.

AGRADEZCO al Ministerio de Cultura por entregarme tan distinguido reconocimiento por mi labor como escritora y gestora cultural, destacando mi pertenencia a la comunidad nikkei peruana y la labor de fomento de lectura que he desempeñado durante 4 décadas. Mi gratitud especial a la Dirección del Libro y la Lectura, cuyo dedicado desempeño busca borrar la injusta y preocupante brecha que existe en nuestro país con relación al libro. Agradezco a la Asociación Peruano japonesa que me postuló para esta distinción. Gracias a toda la institución y muy especialmente a Jorge Igei, Miyuki Ikeho, Harumi Nako, Kioshi Shimabukuro, Johana Pujay, Diana Tarazona y mis queridos Akira Yamashiro y Kenji Tenguan. 

Hoy, deseo compartirles mi emoción con lo que más domino en la vida: las palabras. 

Tenía cinco años de edad, yo buscaba en los cerros de Chambala al veloz Ultramán y al imponente Godzilla; fue cuando me dije a mí misma: “Qué bueno que okaa y otoo vinieron a Perú, porque acá no hay monstruos como en Japón”. Ese primer agradecimiento a mi madre y a mi padre fue el inicio a mi obsesión por salir de la burbuja de mi comunidad migrante para integrarme a la patria grande. Después de hurgar en el fútbol o la comida, solo la poesía de Abraham Valdelomar y de César Vallejo logró calmar el caos lingüístico que reinaba en mi hogar. Al igual que nuestro amauta José María Arguedas, tuve que calzar lo que sentía en mi corazón en los sonidos de un idioma ajeno. Cada mañana, yo atrapaba la vida en japonés, reconstruía todo en castellano, amaba en uchinaguchi y veía el quechua filtrándose como una nube por la ventana. 

Así llegué a la literatura y comprendí que escribir es un asunto de rigor, disciplina, serenidad y permanencia, tal como afirmaba Rilke, Mario Vargas Llosa y mi amada Marguerite Yourcenar. Hoy miro hacia atrás y sé que elegí bien, porque una naturaleza como la mía -oscilante entre el mundo salvaje de la libertad y la resignación budista- solo podría sobrevivir en los territorios de la creatividad. Ahora sé que esa convicción me acompañó cuando escribía poesía a los 14 años bajo la luz de las velas; cuando atravesaba la neblina de Chambala y los 7 distritos que me separaban de la Universidad San Marcos, tantos años repetí esa rutina que una compañera me reclamó: “por dios, vives tan lejos, que así cualquiera se volvería poeta”. 

Ciertamente, soy hija de los libros que leí y mis primeras lecturas ingresaron como un afilado puñal en la carne fresca de mi juventud. Herman Hesse, Marguerite Duras, Violette Leduc, Christiane Rochefort, Blanca Varela, Cristina Peri Rossi, Carmen Ollé llegaron a mí gracias a la generosa guía de Lucy Suárez, Óscar Ramos, Esther Castañeda y Hiromi Toguchi. 

En San Marcos conocí el Perú, y como todos y todas quería la revolución, pero parece que los revolucionarios no me querían a mí. Me acusaron de pequeño burguesa y transmisora de la decadencia imperialista porque no quería dejar de escuchar a Abba, los Bee Gees y Pink Floyd, y porque me negué a sus mentalidades patriarcales heterosexistas. Mi instinto de supervivencia y mi equipo de fulbito Las últimas vírgenes de San Marcos, me salvaron de ese malentendido político; gracias Ninel Senmache y Susel Paredes, por alejarme del mal gusto y brindarme una bella amistad. 

Así, llegué a la ideología feminista y aprendí que el reto para una escritora no es vivir de sus consignas sino de construir un lenguaje y una estrategia que relaten a la mitad de la humanidad, como lo hicieron Sor Juana Inés de la Cruz, Juana Manuela Gorriti, Clorinda Matto de Turner, Virginia Woolf, Simone de Beauvoir, Clarice Lispector y hoy lo hacen Diamela Eltit, Cristina Rivera Garza, Gioconda Belli, Gabriela Cabezón. Aquí fui recibida por grandes feministas, como Gina Vargas, Lucía Ueda, Diana Miloslavich, Nidia Villavicencio y Gaby Cevasco, e inicié amistades inquebrantables con Rocío Castro Morgado, Violeta Barrientos, May Rivas, Laura Riesco, Francesca Denegri, Yolanda Westphalen, Doris Sommer, Catalina Bustamante y muchas más. 

Mi fascinación por la escritura me llevo a las crónicas. El río subterráneo de la prosa, que bullía dentro de mí, solo pudo emerger por el profesionalismo de Martha Meier Miró Quesada del diario El Comercio, quien con su chispa y genialidad me enseñó cómo editar, desde dónde mirar, porqué decirlo de una manera y no de la otra. A ella, y a mi recordado amigo Ricardo Mitsuya Higa de Perú Shimpo, les debo mi gratitud por tanta generosidad. Hoy, la crónica es mi mejor aliada. 

De acuerdo al texto de la resolución, se me entrega la distinción porque constituyo un puente entre Perú y Japón. Y lo ratifico. Soy una escritora nikkei, descendiente de la histórica migración japonesa que hace más de un siglo llegó para quedarse. Soy parte de una comunidad que persiste en ser incluida como el gran aporte asiático que Perú aún se niega a reconocer. Toda mi obra literaria gira en torno a esta migración y tiene esa tragedia arguediana de la búsqueda de integración. Por eso, hoy recibo esta distinción como defensora de la cultura nikkei y de sus artistas más exigentes. Esta noche, soy José Watanabe Varas repitiendo soy lo gris contra lo gris, confesando que el miedo circulará siempre en su cuerpo como otra sangre. Soy Augusto Higa Oshiro interrogándose por qué no podía ser feliz un hijo de okinawenses macerado en las calles bravas de La Victoria. Soy Tilsa Tsuchiya observando maravillada la luz que atravesaba la piedra de Huamanga. Soy Abelardo Takahashi Núñez gestando sus peruanísimas marineras mientras le escupían en la escuela durante la segunda guerra mundial. Soy Angélica Harada camuflándose andinamente en la Princesita de Yungay, soy Nicolás Matayoshi reflexionando sobre el mito de Catalina Huanca que podía ser legítimamente peruano y un nisei como él no, soy Lucho Kanashiro soñando con un Perú más justo. 

Nuestro país nunca podrá cumplir su anhelo de patria grande si no es capaz de quebrar sus obsesiones monolíticas y aceptar que su riqueza está en la aceptación de sus diversidades amazónicas, andinas, costeras, asiáticas, afros, europeas, latinoamericanas y otras más. 

El Reconocimiento que hoy se me hace es, también, por mi labor de gestora cultural. Mucha gente se pregunta: ¿cómo puedo comulgar mi vocación literaria, que es absolutamente individual, con la gestión cultural, que es totalmente colectiva? Estoy casi segura que esta capacidad que poseo se debe a mi naturaleza okinawense. No existe un o una descendiente de Okinawa que no entienda de negocios, de finanzas, de rentabilidad; es decir, que no hable de plata; por algo, Okinawa fue considerada la Fenicia del sudeste asiático y Campana del mundo. “Todas las partes deben ganar, nadie debe perder” es la consigna okinawense y yo la aplico a donde voy. Es un reto hacer gestión cultural en un país con escaso presupuesto y que ocupa los últimos lugares de lectura; sin embargo, esto nunca me amilanó y siempre persistí en el principio básico: “a menos plata, más imaginación”, y organicé contenidos que se inician en Noam Chomsky y terminan en Condorito, que van desde Judith Butler hasta Mari Kondo. 

Es cierto, no podría hacerse nada sin la iniciativa y el apoyo del Estado, sin las asociaciones y empresarios y empresarias sensibles que apuesten por el negocio editorial, pero sobre todo que entiendan que el cuerpo de las ferias son sus libros, pero que su alma es el programa cultural. En cada iniciativa, he buscado la des-elitización de la cultura, la democratización del acceso al libro y la descentralización de las ferias, como la de Huancayo. Por supuesto, mi olfato okinawense no habría servido de nada si no hubiese recibido las enseñanzas de Liliana Minaya Cáceda, quien me guio en asuntos administrativos, logísticos y financieros con absoluta ética y profesionalismo. Juntas, pusimos en valor todas las ferias de libros que hoy existen. Tampoco habría logrado nada sin el talento de los y las jóvenes que me ayudaron y que hoy destacan brillantemente en cada una de sus especialidades. A ellos y ellas mi gratitud total, sobre todo a quienes apoyaron a Kimochi Gestión Cultural: Alfredo Bonifacio, Karol Ruiz, Diana Gonzáles, Fernanda Arris, Medalie Reyes, Ina Mayushin, Cristina Almeida Goshi y César Panduro. 

Cada una de las personas que me acompaña esta noche significa mucho para mí. No puedo nombrarlas esta noche por cuestión de tiempo. Somos un punto en el universo, una escasa luz que compite con las estrellas y lo único que nos salvará del olvido es ingresar a la inmortalidad con la pequeña chispa de empatía que dejemos grabada en los seres que nos rodean. Esta noche renuevo ese amor que siento por ustedes, porque cada uno y cada una sabe el vínculo que construimos con respeto y cariño a lo largo de cinco décadas. 

Yo no sería nada sin el amor de mi familia, sin el vigilante cuidado que me prodigaron mis hermanos y hermanas, quizás porque vieron en mí el ser más frágil de la camada. Ser la última de los 11 hijos e hijas de Ansei y Utoo ha sido un privilegio; gracias a mis hermanos Anso y Añei, y a mis hermanas: Mitsuko, Haruko, Yoshi, Yemi y Hiro. A mis sobrinas y sobrinos que hoy me acompañan, les dedico mi alegría y mi gratitud. 

Yo no sería nada, ni sería nadie, sin Jaidith Soto Caraballo, mi Remedios la bella, la metáfora colombiana que busqué tanto en todas las novelas de García Márquez. Gracias Jaidith por tu bondad y comprensión. 

Con este Reconocimiento que me otorga el Ministerio de Cultura sé que valió la pena que mi padre y mi madre no volvieran a Japón, para que su última hija no fuera devorada por los monstruos de sus fantasías, y para que permitieran que su linaje hoy se prolongue en una familia compuesta por más de 100 integrantes. Gracias, finalmente a mis kamisama, el espíritu protector de mis antepasados. 

Muchísimas gracias. Domoo arigatoo gozaimasu.

Doris Moromisato Miasato 

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